Cuando termina septiembre, la ciudad vuelve a su rutina y la fiesta parece un recuerdo. Pero el Yamor no empieza en septiembre: empieza en los talleres, en los ensayos y en las casas donde se guardan los trajes.
Defender la fiesta es defender ese trabajo. Es pagar bien al músico, comprarle a la costurera del barrio y no convertir la cultura en un escaparate vacío.


